
cuando pienso me emocionan,
de aquel amor tan grande y con
aquella ternura, que tu siempre
me cuidabas.
Me acunabas en tus brazos
dulce y tierna madre mía,
me cantabas bellas nanas
y dulcemente me dormía.
Cuando yo me despertaba
papá me cogía en sus brazos,
tiernos y fuertes a la vez
me sentía tan protegida,
mi despertar era de gran calidez.
Cuando fui creciendo muy enfermita estuve
¡ay madrecita de mi alma!,
aquellos malos momentos
que con amor y cariño y la ayuda
de la ciencia, yo tuve que superar.
Pero madre de mi alma
las noches pasabas en vela,
observando mis sueños y si lloraba
tu niña, allí estabas tú para con tu
dulzura, consolar mi infantil llanto.
Papá estaba ausente y lo mandaste a llamar,
cuando recibió el aviso, volando regresó
a casa, me cogió entre sus brazos
a besitos me comía, yo sonreía feliz
aunque estaba muy malita.
Papá ya no se marchó, quedo junto a ti mamaíta
con el amor de los dos y el tiempo fue pasando,
me recuperé y me hice fuerte,
con vuestros cuidos y cariño y dedicación
a mi, cuando ya me sentía bien,
fui la niña más feliz.
Y así pasaron los años, entre colegio
aprendiendo, bajo la atenta mirada,
de mis queridos padres y llegó el momento
que me hice una mujer, bella y con alegría
mi vida cambió y yo volví a renacer.
Que orgulloso estaba mi padre
de su hijita tan bella, dulce y simpaticona,
se le caía la baba, cuando en su presencia
un chico me piropeaba,
decía esta es mi niña, admirada
¡y como la piropean!
Salíamos siempre juntos papá, mamá y yo
me llevaban a las fiestas, ferias y a la playa también,
hermosa adolescencia junto a mis padres pasé.
Aquí dejo los recuerdos, porque son interminables
si continúo no, termino,
pero nunca olvidaré las vivencias y el gran amor,
que siempre me dieron mis padres.
Rosario Ayllón
Poetisa del Amor.